Editorial El Heraldo de Colombia: Pobre Venezuela

Con un país sumido en la peor crisis económica, social y política de su historia reciente, Nicolás Maduro renueva hoy su mandato como presidente de Venezuela para un período de siete años.

La situación en el que fuera uno de los países más prósperos de la región no puede ser más dramática. Así lo atestiguan los más de 2,5 millones de venezolanos que han abandonado su patria desde 2014 en busca de un futuro mejor en las tierras  de acogida. O los millones que hoy sobreviven en el país en unas condiciones de extrema escasez.

Maduro ha demostrado hasta la saciedad que no asume responsabilidad alguna sobre la desgracia que se abate sobre su pueblo. Al mejor estilo de los gobernantes autoritarios, achaca todos los males a supuestas conspiraciones exteriores o a enemigos dentro de casa. Ni el menor atisbo de crítica a la denominada revolución bolivariana cuyo liderazgo heredó de Hugo Chávez.

Horas antes de renovar el mandato, un envalentonado Maduro arremetió contra el Grupo de Lima, conjunto de países latinoamericanos que se conformó para buscar una salida pacífica a la crisis venezolana y que días atrás anunció –con la notable excepción de México– que no reconocerá la legitimidad del nuevo mandato presidencial de Maduro.

En concreto, dio un plazo de 48 horas al “cartel de Lima” para que se retracte de su declaración o, de lo contrario, tomará “las medidas más crudas y enérgicas que se puedan tomar en diplomacia”, amenaza que algunos analistas relacionaron con posibles retaliaciones en el suministro de petróleo.

El horizonte venezolano no es nada esperanzador. A nivel interno, Maduro parece tener el control sobre  las estructuras del país. Y el esfuerzo de contestación que surgió con el Grupo de Lima ha sufrido una notable fisura con la decisión de López Obrador de mantener a su país al margen. A ello hay que sumar que el ascenso del vehemente Bolsonaro a la presidencia de Brasil puede restar legitimidad a las acciones de la comunidad regional con respecto a Venezuela.

Quizá la mejor prueba de cómo se ha difuminado la democracia en este país es que Maduro jurará el cargo ante el Tribunal Supremo, con magistrados nombrados a su medida. No ante la Asamblea Nacional, como establece la norma, porque esta fue desmantelada en 2015 después de que la oposición arrasara en las elecciones legislativas de ese año.

Pedir a Maduro que reconozca su estrepitoso fracaso y sus abusos de poder, y que renuncie a seguir en el cargo, es, sin duda, ingenuo. Pero no por ello dejaremos de hacerlo. Sobre todo en un día como hoy.