Wuilly Arteaga: encierro y tortura contra el arte

Por ISAAC GONZÁLEZ MENDOZA 

Con profesionalidad y una jovial sonrisa, tocando su violín Wuilly Arteaga atravesó perdigones, bombas lacrimógenas y ballenas. Su instrumento era la única arma que llevaba a las protestas, porque ni siquiera el estuche cargaba para evitar que la Guardia Nacional Bolivariana (GNB) creyera que tenía explosivos.

Arteaga fue detenido el 27 de julio por exaltar la venezolanidad en las protestas: solía tocar el Himno Nacional, “Pajarillo” o “Venezuela”. Lo acusaron de haber poseído objetos incendiarios al momento de su arresto, de los cuales no existen evidencias gráficas. Además, lo culpan de “instigación pública”.

Ayer en la noche fue liberado con medidas cautelares luego de que Tarek William Saab, fiscal general designado por la asamblea nacional constituyente ilegítima, solicitara una medida sustitutiva a su favor. Durante 19 días estuvo recluido en el destacamento 433 de la Guardia Nacional, en El Paraíso.

En las manifestaciones se le veía usando una gorra con los colores del tricolor nacional o un casco para protegerse. También se colgaba la Bandera de Venezuela en la espalda como una capa; se convirtió en una especie de juglar del siglo XXI.

Wuilly Arteaga es algo más que un violinista que protesta en contra de la opresión. Es un símbolo de libertad, esa esencial característica del arte que no le gusta a las dictaduras. Como decía Fidel Castro, mentor de Hugo Chávez: “Dentro de la revolución, todo; contra la revolución, nada”. El propio Chávez se molestó en el año 2000 por una caricatura de Pedro León Zapata que criticaba al militarismo que estaba invadiendo a Venezuela. “¿Cuánto te pagan, Zapata”, preguntó el líder bolivariano en aquel momento.

Arteaga se popularizó gracias a una osadía que de lejos parece inocente. Asumió riesgos como ir a tocar “Despacito” frente al Palacio de Miraflores y se paró firme ante la Policía y la Guardia aunque le dispararan lacrimógenas.

El 20 de mayo, en la avenida Francisco de Miranda, se plantó tocando el Himno frente a funcionarios policiales y tanquetas. “Ya dejen de disparar. Ayúdennos a recuperar a Venezuela. No se dan cuenta, ustedes también son venezolanos. Ya basta. Esta música es para ustedes, con cariño”. La reacción de los efectivos fue tirarle a él y a sus acompañantes bombas lacrimógenas.

Foto: AFP

Su más clara demostración de compromiso con el país es que regresó de un viaje al exterior en el que conoció a grandes músicos y políticos. Seguidores del oficialismo aprovecharon su gira para burlarse de él, pero a pesar de que la GNB le rompió su instrumento, volvió a Venezuela para seguir en las manifestaciones.

“Sé que la música lleva un mensaje diferente. No solo les toco a los manifestantes, le toco a la policía y a los guardias que reprimen, porque he visto que tocando cerca de ellos unos lloran. Yo les digo: mi música también es para ustedes, pues también van a ser libres”, expresó durante una entrevista que ofreció a Jaime Bayly, donde recordó que abrazó al militar que le devolvió su violín dañado.

El pacifismo de Arteaga no fue suficiente para ablandar a la GNB. El 22 de julio un funcionario militar le disparó un perdigón durante una refriega en Bello Campo. La cara le quedó destrozada. Ese mismo día la población pudo ver al violinista acostado en la cama de una clínica, con el rostro hinchado, emitiendo un temerario mensaje: “No me van a amedrentar con perdigones, ni con metras ni con nada, ni con reventarme mi violín. Porque vamos a seguir en la lucha por Venezuela”.

Al día siguiente, fue al encuentro “En camino a la democracia”, donde, todavía con las lesiones en la cara, pidió a los actores políticos negociar con transparencia, sin olvidar a los presos políticos y a los fallecidos en las protestas.

Aunque recibió una medida cautelar, a Arteaga, el día en que lo arrestaron, lo golpearon en las mismas lesiones que le había generado el perdigonazo. En la cabeza le partieron su violín, lo que le afectó la audición de uno de sus oídos; también le quemaron el cabello con un yesquero.

Los días que pasó en el destacamento militar fueron aciagos: “El primer día en que llegó fue maltratado y golpeado. Todos los días le dicen que está solo, que nadie está pendiente de él. Obviamente está completamente incomunicado”, contó antes de la excarcelación Hazel Pinto, novia del músico.

“Wuilly está siendo sometido a palabras que lo denigran no solo como artista, sino como ser humano. Y también como hombre y joven luchador: le dicen que es un guarimbero y terrorista, que está ahí por malandro. Lo que no es cierto, él tiene un amor muy grande por su país”.

Tampoco le entregaron la comida y la ropa que su familia le llevó, lo que le hizo creer que lo habían abandonado; los alimentos que consumió se lo dieron los demás detenidos. Apenas una visita de 10 minutos tuvo, y fue la de su madre el 6 de agosto.

Un joven inspirador

Hazel Pinto, que es clarinetista, contó que su relación con Wuilly surgió gracias a la música: ya mayores ambos empezaron a tocar instrumentos que usualmente se inician antes de los 10 años. Los dos aprendieron de manera autodidacta.

“Ha sido muy complicado aprender, más cuando no tienes alguien que te oriente. Wuilly fue una inspiración para mí porque dedicaba muchas horas de estudio al violín. Indiferentemente de si comía o dormía, pasaba desde la mañana hasta la noche encerrado en un cubículo con fotos de su violinista favorita, Hilary Hahn”.

Arteaga formó parte del Sistema Nacional de Orquestas luego de haber participado en una audición. Viajó por Europa para representar a Venezuela, pero después decidió retirarse por diferencias políticas con la institución.

“Cuando estás dentro (del Sistema), estás sometido a muchas presiones. Dependes completamente del gobierno, empezando por las becas”, afirmó Pinto.

Arteaga y su novia son de Valencia. Allá Wuilly se dedicó un tiempo a tocar el violín en el Metro, hasta que unos funcionarios se lo quitaron. Estuvo más de seis meses sin instrumento. Tras  recuperarlo, se inspiró en un joven que tocaba cuatro en las marchas, así que emprendió su odisea, primero, en Barquisimeto, y después, en Caracas.

El arresto de Wuilly causó indignación en el mundo entero. Incluso su liberación fue irregular: la GNB lo dejó en Altamira sin siquiera avisarle a la defensa. Personalidades como Jorge Ramos, José Miguel Vivanco, Rayma, EDO y Gabriela Montero abogaron por su excarcelación.

Este martes un grupo de artistas publicó un manifiesto en el que señalan que la detención de Arteaga representa el odio de los totalitarismos a la libertad del arte. “No podrán confinar la música, la poesía, la pintura, el baile, el cine, el teatro, la literatura”, dice uno de los fragmentos del texto.

 

El Nacional

 

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