Luis Carlos Vélez: Colombia cómplice de Venezuela

Esperar que Maduro y su régimen de asesinos salgan del poder por sus propios medios es una locura. También lo es que un cambio interno surja de unas elecciones limpias o de una sublevación militar. Los chavistas tienen tan hambriento al pueblo que este ya no tiene ganas de combatirlo y a los militares tan corruptos, que no tienen incentivo de voltearse. Así las cosas, en Venezuela solo hay un camino y es el de avanzar pero para peor.

Mucho de lo que ha pasado en Venezuela tiene el sello cómplice de la región. Colombia, Perú y Brasil son los principales culpables. Vecinos, testigos y hasta afectados de lo que estaba y está pasando al otro lado de la frontera, poco o nada han querido hacer para frenar al dictador y sus secuaces. Ni hablar de Ecuador, Bolivia, Argentina, Nicaragua y el resto de naciones que cerraron la boca a punta de petróleo y otros favores.

La semana pasada el secretario general de la OEA, Luis Almagro, tuvo la oportunidad de ver en persona la migración venezolana hacia nuestra región y conmovido se atrevió a decir lo que muchos sienten, pero pocos se atreven, y esto es que se necesita tener abiertas todas las opciones, incluida la militar, para enfrentar al régimen de Maduro y acabar con esta tiranía que ya ha generado más de cuatro millones de personas desplazadas y que se burla de su pueblo cenando en Nusret, uno de los restaurantes más lujosos y caros del mundo, a sabiendas de que en las calles de Caracas una abuela se quita el pan de la boca para dárselo a sus cuatro nietos, porque sabe que no hay dinero para comprar alimento y, aunque lo hubiera, tampoco habría comida para comprar.

Lamentablemente la complicidad que nos ha llevado hasta este punto continúa. El recién conformado Grupo de Lima emitió un comunicado en el que condena gravemente lo que está ocurriendo en Venezuela, pero se negó radicalmente a dejar abierta la puerta de una reacción militar. Algo que no fue aceptado por países como Colombia y Canadá, que se negaron a firmar.

¿Pero realmente a qué está jugando Colombia? ¿Está de acuerdo nuestro país con contemplar todas las opciones contra el régimen de Maduro? Las señales son mixtas. A favor de un poco más de presión está la negativa de firmar la declaración del Grupo de Lima, el nombramiento de Alejandro Ordóñez en la OEA y las recientes afirmaciones de Francisco Santos, embajador de Colombia en EE. UU., sobre contemplar todos los escenarios; pero en contra están las palabras del presidente Duque, que en una entrevista posterior dijo que es un mandatario pacifista.

La definición de locura es hacer lo mismo esperando un resultado diferente y hacer más de lo mismo es enfrentar con declaraciones condenatorias lo que ocurre a diario en Venezuela para luego darse cuenta de que la situación empeora. Dejar abiertas las puertas a todo no necesariamente es sinónimo de guerra, es señal de estar dispuestos como región a tomar el tema de Venezuela con intención de asumir responsabilidad sobre lo que ocurre.

Colombia no puede seguir siendo cómplice de lo que está pasando al otro lado de la frontera, simplemente porque ya rebosó los límites fronterizos. Por las carreteras colombianas marcha a diario el éxodo lamentable de venezolanos buscando mejor futuro y en las últimas semanas se han registrado más y más incursiones militares, primero con helicópteros y luego con tanques. Si Colombia no lidera seriamente una postura más firme, mañana, cuando vengan verdaderas agresiones militares por parte de Maduro, no tendrá cara para pedir colaboración o reacción regional, porque simplemente siempre fuimos cómplices.

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