José Domingo Blanco: Emblemas de destrucción

¿Cómo recuperar en 15 días un sistema eléctrico que tiene años sin recibir mantenimiento? ¿Cómo espera Motta Domínguez resolver en un lapso tan corto, un problema tan grave ocasionado por la falta de inversión? ¿Cómo piensa rehabilitar el colapsado sistema eléctrico nacional? ¿Qué hará para sustituir los equipos dañados, las turbinas detenidas, las calderas apagadas por falta de diésel o gas, si para eso se necesitan muchos dólares, mano de obra calificada y años de planificación? El país se apaga. Venezuela retrocede a niveles de calidad vida de hace más de 50 o 60 años. Y sin luz, ¿cómo puede haber progreso?

Vivir, en pleno siglo XXI, con interrupciones de electricidad que pueden superar las 20 horas, en un país que, además, tuvo en algún momento un barril de petróleo cotizado en 100 dólares, es imperdonable. Venezuela, gracias a la renta petrolera, tuvo ingresos con los que hubieran podido construirse otro Guri, otra Tacoa, otro Uribante Caparo y generar suficiente energía como para vender el excedente a nuestros países vecinos, haciendo de eso, una fuente importante de ingresos para las arcas de la nación. Pero, no. El régimen no tuvo esa visión. Y muchos, sobre todo los que padecen a diario largas interrupciones del servicio eléctrico, piensan que esta falta de luz es parte del plan diabólico del régimen para terminar de someternos a sus malos designios y seguir capitalizando el poder. Porque, sin energía eléctrica, un poblado, una ciudad, un país, se paralizan. No producen, no fabrican, no construyen…no avanzan.

Los venezolanos hemos sido testigos del deterioro acelerado de los servicios públicos; deterioro que impacta y desmejora nuestra calidad de vida. Quizá por eso, ya no somos de los países más felices de la región según el último ranking de la felicidad. Porque, para ser felices es indispensable que las cosas funcionen, que la comida y los medicamentos abunden, que la hiperinflación no nos asfixie, que las libertades estén garantizadas, que la seguridad sea la norma y que los servicios públicos funcionen a la perfección. Y nada de eso está ocurriendo en Venezuela en estos momentos.

A las interrupciones continuas del servicio eléctrico, debemos sumarle los años de racionamiento de agua que nos ha impuesto este régimen. La falta de agua en nuestros hogares se agudiza. Llega por gotas y sin mucho respeto del calendario establecido por la empresa hídrica. El deterioro de los sistemas de bombeo ha hecho que los grifos hayan quedado de adorno y las lavadoras se transformen en recipientes para almacenar “el preciado líquido”, hoy más preciado que nunca y tasado, según los dueños camiones cisterna, a un monto que desde hace rato superó las seis cifras. La causa de este mal servicio es la misma que destruyó nuestro sistema eléctrico: negligencia de un régimen que se ocupó de hacer millonarios a sus serviles ministros y funcionarios, con un dinero que tuvo otro destino y no se invirtió en nuevos sistemas de bombeo, acueductos y tuberías capaces de cubrir la creciente demanda o reemplazar, de forma planificada, tubos instalados en la cuarta república que ya cumplieron su vida útil.

Cantv tampoco se salva. Conozco sectores de la ciudad que han estado por meses sin servicio telefónico y sin ABA. ¿Y la respuesta que da la empresa cuando reportan la avería? “El problema es muy serio y no tenemos los equipos para reponer los que se dañaron”. Asunto resuelto: sin derecho a más reclamos, sin dar más explicaciones y sin esperanzas de recuperar el servicio, Cantv nos somete a la incomunicación, por desidia de un régimen que se ocupó de politizar y militarizar las instituciones públicas en vez de garantizar la profesionalización de sus encargados. Y así, la empresa telefónica del Estado, se suma a esta cruzada abanderada por el desgobierno, cuyo único objetivo es radicalizar la marginalización de los servicios hasta hacer de ellos otro emblema de la destrucción, incapacidad, negligencia e indolencia. Y cuando en otros países las comunicaciones viajan a la velocidad de la luz, nosotros, en Venezuela, no tenemos ni siquiera tono en nuestros teléfonos para poder llamar.

Para que los servicios públicos funcionen de manera óptima, el mantenimiento preventivo y las inversiones son clave. La luz, el agua y las comunicaciones -que son indispensables para el confort y la calidad de vida- en los últimos tres lustros, han estado administrados por manos de incapaces, que solo han sido exitosos en colocar la foto de Chávez y el de Maduro en las oficinas de las empresas que mal regentan. En las direcciones de esas importantes empresas hemos visto desfilar, a lo largo de estos años de desgobierno, funcionarios sin la preparación, sin la formación, sin la capacidad ni los conocimientos gerenciales y técnicos que se requieren para entender cómo funcionan las cosas o cómo se resuelven los problemas antes de que aparezcan. El cargo se ha designado por fidelidad hacia el régimen y no por las consolidadas competencias técnicas que se requieren para conducir a estas empresas. El asco que este régimen siente por la palabra privatización, es proporcional a su incapacidad para gestionar con éxito las instituciones que deberían garantizarnos servicios básicos estables, que nos permitan trabajar, producir… ¡progresar!

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