Iván Duque asumió la presidencia de la hermana república de Colombia

EL ESPECTADOR

Hoy, a las cinco de la tarde cayó el telón del Gobierno de Juan Manuel Santos Calderón. Ocho años en los que el país cerró el capítulo del conflicto armado con las Farc e inició nuevas discusiones acerca del sistema económico, político y social. El proceso de paz de La Habana permitió superar la tesis de la solución militar como única respuesta a la confrontación armada, y le dio paso al crecimiento de los movimientos sociales, la exigencia de derechos por parte de las comunidades rurales, el debate sobre el sistema electoral y la justicia, o la identificación de la corrupción como el principal problema a enfrentar. Este país en el que el asunto público se ha situado en el centro del debate político es el que ahora recibe Iván Duque.

En este contexto, el presidente electo tiene grandes retos. Llega a la Casa de Nariño como el primer presidente de los últimos 16 años sin posibilidad de reelegirse, y de estar obligado a hacer la tarea en cuatro años, sin el reconocimiento ni experiencia de sus dos antecesores. Aterrizó en la política hace cuatro años, cuando integró la lista cerrada al Senado que impulsó el expresidente Álvaro Uribe. En el cuatrienio que estuvo en el Congreso logró visibilidad por la confianza que en él depositó el expresidente, y de hecho ocupó la curul vecina a la del exmandatario y desempeñó el rol de vocero de su bancada.

Su principal logro como parlamentario fue la promoción de la ley de la llamada economía naranja, uno de los temas que lo hicieron conocido.Posteriormente, durante la campaña del No al Acuerdo de Paz, Duque Márquez se convirtió en el más joven de sus voceros. Al lado de Uribe, Marta Lucía Ramírez, Alejandro Ordóñez y el expresidente Andrés Pastrana, Duque captó los votos de los más jóvenes. No obstante, era tan desconocido para el país que, en las primeras encuestas de intención de voto en 2018, aparecía en los últimos lugares. Por encima suyo estaban el exgobernador de Antioquia Luis Alfredo Ramos y Marta Lucía Ramírez.

Sin embargo, con el paso de los días, su candidatura tomó fuerza. Ganó la consulta interna a la senadora Paloma Valencia, Alejandro Ordóñez y Marta Lucía Ramírez y emprendió su “campaña admirable”. De menos del 10% en las encuestas pasó al 40%, y se convirtió en el primer clasificado a la segunda vuelta presidencial. En los debates presidenciales demostró ser un hombre tranquilo en situaciones tensas y logró sortear los embates de Humberto de la Calle, Gustavo Petro o Germán Vargas Lleras. Para la segunda vuelta no asistió a debates y capitalizó el temor de muchos sectores a Gustavo Petro.

Con más de diez millones de votos, se convirtió en el sucesor de Juan Manuel Santos y en el hombre de la reconquista del poder por parte del uribismo. Llega a la Casa de Nariño sin mayor carrera pública, pero a la vez, con pocos temas que recriminarle. Sin embargo, es claro que enfrentará un gobierno lleno de dificultades. De hecho, el mismo día de su posesión lo esperan concentraciones convocadas por la oposición en más de 50 plazas públicas del país. Los analistas económicos aseguran que no va a escapar de una reforma tributaria y otra pensional, dos iniciativas que, como siempre, son impopulares.

En el Congreso, su gobernabilidad no será fácil. En las cuentas de la oposición tiene un cuarto del Legislativo y sus curules serán ocupadas por los más destacados líderes de izquierda. Duque necesitará de los partidos tradicionales que hicieron parte de la Unidad Nacional de Santos, a los que el uribismo siempre trató de “enmermelados”. Pero serán estos congresistas, que también requiere para la reforma fiscal o la reforma la justicia, quienes definan la agenda del Gobierno en el Congreso. Según se sabe, también buscará modificar algunos temas del Acuerdo de Paz, como evitar que el narcotráfico sea delito conexo al político, o que los responsables de delitos de lesa humanidad puedan ocupar cargos de elección popular.

Todos estos desafíos en la relación Gobierno-Congreso se dan en un momento particularmente complejo por la investigación que abrió la Corte Suprema de Justicia contra el expresidente Álvaro Uribe, y porque, en materia de paz, la implementación del Acuerdo con las Farc pasa por enormes dificultades, especialmente derivadas del lento avance de los acuerdos en la reforma rural y en la participación política. Eso sin mencionar que queda abierta la mesa de diálogos con el Eln y levantarla podría no solo ser impopular, sino también costoso en términos de seguridad.

Para completar el abanico de dificultades, a la Casa de Nariño llega tocando las puertas el Clan del Golfo, en espera de concretar con el Gobierno un acuerdo de sometimiento. Un dilema complejo porque su solución puede impactar en otro asunto que no da espera: el aumento de los cultivos ilícitos. En esta materia, no cabe duda de que el tema de fondo es la presión internacional.

En síntesis, con la ventaja de la juventud pero el apremio de la inexperiencia, Iván Duque recibe un país con aguas agitadas. Está claro que su primer mensaje es un llamado a la unión para superar la polarización de los últimos años, pero también es evidente que sus contradictores no parecen estar en la misma línea. En últimas, serán cuatro años de tormentas, y en ellas se sabrá si Duque fue el timonel adecuado.