Bolsonaro: la pieza que faltaba para el plan de intervención armada de EEUU en Venezuela

Por David Alandete (ABC de España)

Con la elección de Jair Bolsonaro en Brasil, Donald Trump cuenta ya con un firme aliado con el que desarrollar una política a su medida para América Latina, en especial sus planes para la posibilidad de una intervención armada multilateral que ponga fin a la crisis humanitaria en Venezuela. La Casa Blanca ha trabajado en planes de contingencia para la caída del régimen de Nicolás Maduro, puestos hasta hoy entre paréntesis ante la ausencia de socios dispuestos a explorar una opción militar.

El domingo, Trump fue uno de los primeros líderes mundiales en llamar a Bolsonaro. Ayer, el presidente norteamericano reveló que acordaron «trabajar estrechamente en asuntos comerciales, militares y en todo lo demás». Brasil, con dos millones de efectivos, cuenta con el ejército más dotado de América Latina. Este país ha recibido a 60.000 refugiados venezolanos desde 2014. En total, han huido de la crisis humanitaria bajo el régimen chavista casi 2.5 millones de personas.

Según dijo a ABC Fernando Cutz, hasta abril máximo responsable para Sudamérica del Consejo de Seguridad Nacional, que asesora al presidente en política exterior y seguridad, la Casa Blanca confía en que la victoria de Bolsonaro permita organizar un contingente de países aliados en respuesta a la crisis venezolana. «Puede que ahora se den las condiciones para llevar un plan adelante», asegura. La llamada de Trump, que no esperó al 100% del recuento, apunta en esa dirección.

Bolsonaro, que fue capitán en el ejército, se ha rodeado de militares en su campaña. Quienes con toda probabilidad serán sus ministros de Defensa, el general Augusto Heleno, y Exteriores, el diputado Luiz Philippe de Orleans, han circulado en entrevistas e intervenciones públicas la opción de preparar una respuesta armada, calificada como «misión de paz», ante la crisis venezolana. Eduardo Bolsonaro, hijo del presidente electo y también diputado, afirmó que esa será una prioridad para el nuevo Gobierno.

La Organización de Estados Americanos (OEA) ha instado a EE.UU. a liderar una respuesta inmediata a esa crisis continental. Aunque al llegar al Gobierno Trump pidió a sus asesores que le ofrecieran planes de intervención armada en Venezuela, pronto quedó descartada una misión unilateral, dado el coste que aún suponen los contingentes de Afganistán en Irak.

Reunión con Iván Duque

Tras varias conversaciones con sus aliados, la Casa Blanca estudia ahora una estrategia en Venezuela inspirada en el Plan Colombia, activado en 1999 y por el cual Washington cedió ayuda económica —9.500 millones de euros— y soporte y entrenamiento militar para combatir el narcotráfico en ese país. El 25 de septiembre, tras la Asamblea General de la ONU, Trump se reunió en Nueva York con el nuevo presidente colombiano, Iván Duque, con quien, según la Casa Blanca, «conversó sobre las opciones para restaurar la democracia en Venezuela». Colombia ha recibido 1.1 millones de venezolanos en los pasados cuatro años.

Según Luis Almagro, secretario general de la OEA, un Plan Venezuela contra el narcotráfico será la estrategia más efectiva para debilitar al chavismo. «Venezuela está comida por completo por el narcotráfico», dijo Almagro en un discurso el viernes en el que reveló la existencia de esas conversaciones. «La situación es grave, vemos quelos sobrinos del dictador Nicolás Maduro están presos por narcotráfico en Nueva Yorksus funcionarios están sancionados por violaciones de derechos humanos. El país tiene un problema serio».

Entre las opciones que ha sopesado la Casa Blanca está la de apoyar a militares rebeldes, con los que recientemente se reunieron varios altos funcionarios norteamericanos, según reveló el mes pasado el diario ‹The New York Times›. Aquellas conversaciones no dieron ningún fruto, y dos intentos de golpe este año, uno de ellos con drones, quedaron frustrados.

Una señal de alineamiento entre Trump y Bolsonaro es el anuncio de este último de que una de sus primeras medidas será el traslado de la embajada de su país en Israel, de Tel Aviv a Jerusalén, algo que EE.UU. ya hizo hace un año. Tradicionalmente, aunque Israel considera que Jerusalén es su capital, las potencias internacionales se han resistido a reconocerla por la ocupación de los territorios palestinos.