Antonio Sánchez García: ¿Existe Venezuela?

¿Cuenta Venezuela con políticos a la altura de las graves circunstancias por las que atravesamos, que sean verdaderamente aptos y capaces como para enrumbar la nave del Estado por el proceloso mar de nuestros naufragios? ¿Cuenta con los militares capaces de defender la integridad de la República y proteger su soberanía ante el acoso de un invasor extranjero? ¿Cuenta con un pueblo capaz de imponer sus anhelos y esperanzas frente a esos políticos, esos militares y esos invasores? ¿Existe Venezuela?

       Son tres preguntas cruciales y una definitoria, de cuyas respuestas depende no sólo la eventual resolución de la crisis que nos agobia, sino la sobrevivencia misma de la República. ¿Cuenta Venezuela, hoy por hoy, con los medios, los hombres, el pueblo y la cultura ciudadana como para reafirmar su identidad en el concierto de las naciones y reclamar sus derechos a ser considerada apta para mantener su presencia en los distintos foros internacionales, comerciar e intercambiar experiencias con sus vecinos, hacer valer su presencia en el concierto mundial, representar las aspiraciones y anhelos de una comunidad única e intransferible de historia, tradición y cultura de más de cinco siglos llamada Venezuela?

       Séame permitido señalar que la sola formulación de dichas interrogantes, que en cualquiera de los países de la región provocarían un escandaloso revuelto pues ellas ponen en duda la existencia misma, plena y categórica de la Nación, en esta quebrantada comunidad y a lo largo y ancho de este territorio llamado Venezuela ya no escandalizan a nadie. Pues son muy pocos los que se atreverían a rechazar el derecho a formularlas. ¿Cómo no habría de ser así, si la autoridad máxima de su judicatura niega la existencia de la Asamblea Nacional, la Asamblea Nacional niega la existencia de un legítimo presidente de la República, el presidente de la República niega la existencia de la Constitución Nacional, las fuerzas armadas avalan la invasión del país por un gobierno extranjero y sus fuerzas armadas, cediéndole todos los espacios de su soberanía, incluso sus cuarteles, mientras persigue, reprime, aplasta y asesina a su propio pueblo que reclama una respuesta categórica a todas dichas preguntas?

        No son preguntas fútiles ni banales ni surgen de un tremendismo inoportuno.Ellas cuentan, además y para reforzar su vigencia, con ceranosantecedentes trágicos: a la llegada del castrismo al poder en 1959 se cumplieron afirmativamente esas mismas interrogantes y Cuba dejó de existir como República. Sus políticos, sus soldados, su pueblo y Cuba misma, dejaron de existir. Lo que sobrevivió fue un gigantesco campo de concentración, que pronto cumplirá sesenta años de existencia. La constitución dejó de existir. Un tirano desplazó, aherrojó, expulsó o asesinó a su clase política. Un ejército mercenario al servicio del tirano desalojó para siempre a las fuerzas armadas cubanas.      Un pueblo diligente, talentoso, alegre y emprendedor se degradó hasta la esclavitud. Nadie se formuló las preguntas, nadie obtuvo las respuestas. Sobre la tragedia se montó una farsa que es, para nuestra infinita desgracia, la que se ha zampado a la que fuera Venezuela de un solo zarpazo. ¿Terminará devorándosela o en un acto de heroica autodefensa las fuerzas que sobreviven al asalto de la barbarie, la infamia y la traición lograrán aplastar la satrapía, ponerle coto a sus ejércitos, desalojar a los invasores y permitir la reconstrucción de la República?

      La lectura de dos informaciones transmitidas por la red me demuestran no sólo la pertinenciade formular las preguntas referidas, sino que adelantan las respuestas. ¿Cuenta Venezuela con una clase política a la altura de las circunstancias? Un joven a quien conociera cuando no fuera más que un novato dirigente estudiantil, acaba de declararle a un medio televisivo que la función de la política es negociar. Y que, por lo tanto, los políticos venezolanos debieran ponerse a negociar con el gobierno.

      El mismo gobierno que se encuentra en vías de terminar por estrangular la República y acabar con Venezuela. ¿Negociar qué? Que el silencio que lo caracterizaba y la prudencia de que hacía gala ocultaban su dominio de esa despreciable forma de comprender la política – la maniobrera y buhoneril clásica de los arribistas que encuentran acomodo en el establecimiento político venezolano – lo demuestra el hecho de que terminara en un partido de negociantes, ascendiera en su jerarquía y obtuviera una curul en la Asamblea Nacional. Un partido que simboliza, en las figuras de sus máximos dirigentes a lo más despreciable de la politiquería venezolana.

        Nada extraña ni ausente del estilo de los jóvenes políticos de los otros partidos que se han adueñado de la cosa pública. De allí mi primera respuesta: Venezuela no cuenta con una clase política a la altura de las circunstancias. La lectura de un artículo de un ex alto oficial venezolano, en el que reafirma que en todas las crisis venezolanas han tenido participación activa los ejércitos venezolanos – como si su función fuera participar en dichas crisis, lo que no constituye en absoluto su función constitucional –  me adelanta la segunda respuesta a la pregunta ¿cuenta Venezuela con soldados a la altura de las circunstancias? Si existen, se encuentran manifiestamente acuartelados en la más estricta apatía y el más ensordecer silencio.

     Los efectivos de la GNB y sus cómplices, los hampones de los Colectivos, han asesinado 63 jóvenes venezolanos en un lapso no mayor de dos meses. Y seguramente reforzados por mercenarios cubanos, de cuya existencia ninguna alta autoridad miliar puede hacerse la desentendida,  han comenzado a incendiar vehículos, viviendas y edificios, asaltar negocios, manifestantes y transeúntes, golpear de manera inclemente y asesinar a jóvenes manifestantes al extremo que obligan a que el responsable mayor por estos crímenes y desmanes, el propio ministro de la defensa, se avergüence y los llame al orden. Las FANB han descendido al nivel de la barbarie de las mesnadas de Boves y Antoñanzas.

        Un elemental cálculo de probabilidades permite suponer que deben existir tales soldados, cuya decencia heredada o transmitida por valores familiares les haya permitido resistirse a la pudrición general y constituyan un silencioso reservorio de honorabilidad. Y que por razones institucionales o de elemental sobrevivencia física hayan guardado silencio ante tanta inmundicia. ¿Existen? Si así fuera, ¿romperán su silencio y se atreverán a intervenir en contra de quienes destruyen la República?

      La única clave definitoria de esta trágica situación se encuentra en la tercera pregunta: ¿cuenta Venezuela con un pueblo capaz de enfrentarse a los políticos y militares traidores, asumir sus asuntos en propias manos y resolver la grave crisis terminal que sufrimos? ¿Existe ese pueblo y posee la fuerza suficiente como para hacer valer su soberanía?

       La respuesta está en las calles. Soportó durante diecisiete años la manipulación, el chantaje y las desviaciones de sus dirigencias, siguiendo con lealtad y compromiso lo que sus representantes pidieran de ella: fue a votar una y otra vez hasta vencer el fraude y demostrar su poder mayoritario obteniendo la mayoría calificada de la Asamblea Nacional a la espera de las tres promesas que sus candidatos le hicieran: 1) liberar a todos los presos políticos; 2) desalojar a Nicolás Maduro; 3) establecer un gobierno de transición nacional capaz de resolver los más ingentes problemas que lo aquejan: inseguridad, hambre y enfermedades.

      Ante el incumplimiento de dichas promesas y los feroces ataques de la dictadura contra la Asamblea y la Constitución democrática, ese pueblo se creció hasta la altura de sus dificultades y decidió poner en acción los dos artículos de la constitución que le garantizan el derecho al desconocimiento de quienes la violan y la rebelión contra quienes usurpan la voluntad soberana.

      Del seno de ese mismo pueblo ha surgido una nueva dirigencia política capaz de insurgir y rebelarse, para lo cual, además de contar con el respaldo legítimo de la Constitución Nacional cuenta con el apoyo indeclinable de la Conferencia Episcopal Venezolana y la Iglesia en pleno. En el furor de la acción, finalmente se ha consolidado una férrea unidad de todos los factores políticos, decididos a no dejar la calle ni cejar en sus luchas hasta obtener el respaldo internacional, el aislamiento y acorralamiento de la dictadura y provocar su caída final. Y esa inmensa masa crítica, que ha sido capaz de superar las diferencias de clase, raza, color y partidos, terminará por generar las bases para la reconstrucción de la República, crear una nueva clase política, hacer germinar las fuerzas armadas que les cambiarán su sellos y sus taras, sus vicios y sus traiciones.

     Venezuela ha comenzado a renacer de sus ruinas. Es un proceso difícil, complejo, prologado y doloroso, pero inevitable. Así transita un terreno pedregoso y arduo, tropiece, caiga y vuelva a levantarse. Al final se impondrá victoriosa y triunfante. No hay fuerza nacional ni internacional que pueda impedirlo. Esa nueva Venezuela tendrá sus políticos, sus soldados y su pueblo a la altura de cualquier circunstancia. Es la Gran Venezuela a que el pueblo y todos aspiramos. Ya espera por nosotros.

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